Al abandonar San Pedro de Atacama y adentrarme en el desierto,
una enorme congoja inundó mis sentidos: la civilización se esfumaba a pasos de gigante,
y ante mi se presentaban unas colinas descomunales de roca viva y unas lomas arenosas de aspecto muy peligroso, sobre las que caracoleaban frágiles remolinos de polvo.
Era todo tan remoto e imponente que me intimidaba.
“Dios mío, estoy entrando en el Desierto de Atacama”, pensaba.
El lugar más árido de la tierra, donde se han dado períodos de hasta trescientos años sin lluvia. La dimensión épica de la proeza se vio algo opacada cuando, a la vuelta de una curva, aparecieron dos camiones gemelos pintados de amarillo pollito con grandes logotipos de Patatas Fritas Lay’s en su costado.
Ya no hay desiertos, ya no hay aventuras, joder.
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